BELLA

LA BELLA

Alberto López
¡Ya estoy harta!… llevo un montón de años dándote lo mejor de mí y en cuanto me descuido, me pones los cuernos con cualquier pelandusca que se las da de liberada y que no me llega ni a la punta de los tacones… A ver, dime, qué tienen ellas que no tenga yo … porque reconocerás que a mi lado son todas unos cardos borriqueros… ¡ya estoy harta!, cualquier día me doy el piro y no me ves más el pelo…

Y con un arranque de despecho, la Bella, muy digna, se levantó, y vistiéndose entre aspavientos, se largó por la ventana. Eran las cinco de la madrugada. No había pegado ojo en toda la noche. Agotado susurró entre dientes.

– Yo sí que estoy harto… a ver si es verdad, y de una puta vez no vuelves…
Mientras la ventana se disolvía en un fundido en negro, la voz de la mujer se perdía alejándose entre bambalinas.

– ¡Marce, que te estoy oyendo… deja de murmurar por bajines!…
Aquél vínculo surrealista (alguien, más atinadamente, lo calificaría de fantasmal) por fin se había hecho añicos. La Bella desconocida, que decía llamarse Abrahel, no volvería más, o eso creía. Así se iban por la borda cinco años de relaciones que, tras un primer periodo intenso pero tormentoso, habían llegado a un callejón sin salida.

Agotado, no solo anímica sino también físicamente (las noches en blanco con aquella insaciable ninfómana le dejaban exhausto) su imagen jovial de cuarentón culto y bien conservado, con reputación entre las jovencitas de exitoso picaflor, se marchitó precipitadamente, pasando en poco tiempo a parecer un cincuentón. Las ojeras se instalaron de forma permanente en su rostro, haciéndose cada vez más profundas, su abundante cabellera negra y su gran bigote a la turca, se vinieron abajo tornándose de un gris mortecino, unas pronunciadas entradas y una incipiente coronilla de cura, lo convirtieron en un señor mayor. La cabeza le decía que ya no estaba para aquellos trotes, que tenía que cortar, pero la juventud de su corazón le llevaba a caer una y otra vez, en aquellas alocadas cabalgadas por las praderas del amor.

Al principio había estado bien. La relación resultaba cómoda y no le exigía compromiso alguno. La Bella desconocida tenía un cuerpo de calendario y le hacía unos trabajos magníficos, sin exigir nada a cambio. Además, su conversación era de lo más entretenida y no exenta de cierto nivelillo intelectual. Se interesaba por todas sus cosas, siguiendo con dedicación las funciones en que intervenía, hasta el punto de convertirse en su crítica más aguda. Había llegado a conocerle, mejor que él a sí mismo, pero tanta sabiduría comenzaba a resultarle un poco cargante pues apenas le quedaba un ángulo oscuro, donde preservar, lejos de su control, algo de su individualidad. A los dos años de relación, lo sorprendente no era que lo supiera todo de su pasado, sino que también lo sabía de su futuro, hasta el punto de profetizarle lo que iba a sucederle en los días siguientes. Al principio, comprobar si acertaba o no era interesante, pero después, constatar que nunca se equivocaba, se tornó insufrible. Sin la sorpresa del mañana, sin el aliciente de la duda, su vida, convertida solo en presente, se le antojaba un pozo de aburrimiento.

Ella se permitía aconsejarle desinteresadamente sobre su trabajo, sobre las relaciones con sus amistades (de manera especial con las femeninas, a todas las cuales consideraba unas lagartonas) sobre su imagen en los medios, sobre su economía, en fin sobre casi todo, empleando en ello las más perversas armas de mujer. Su personalidad, víctima de la certeza, se veía diluida en una total inseguridad. Perdió el interés y la ilusión por las cosas (pues el mundo exterior carecía de sorpresas) se tornó olvidadizo (pues ya no era preciso recordar) ensimismado y un poco alelado, como si estuviera vagando sin destino. A su tradicional tolerancia y dulzura, le sustituyeron la desgana y la acritud, hasta convertirse en una persona desabrida e imprevisible para sus amigos, y en ese camino, se fue quedando solo.

Tanta presión, unida a la rutina y al abismo del aburrimiento, condujeron a la ruptura, como si se tratara de una pareja burguesa convencional. Sin embargo, no se podía decir que al menos en sus comienzos, aquella relación hubiera pecado precisamente de ello.
La conoció en Madrid, cuando vivía en una vieja buhardilla rehabilitada con trazas de picadero, en la Costanilla de los Desamparados, una calle del castizo barrio de Huertas, donde en el siglo XVI corrían a la juerga y a la greña Lope y otros literatos, y hoy se va de marcha a pasar la fiebre del fin de semana. Fue en una de esas noches frías y lluviosas del otoño madrileño, en la que cargado de cubatas y canutos se retiró de madrugada, después de acudir con unos amigos al Café Central para escuchar al cuarteto de Pedro Iturralde. Cuando estaba a punto de hundirse en el sueño, la habitación se iluminó con una extraña luz que no mostraba su procedencia, y en la pared, frente a su cama, se abrió una ventana tan nítida y detallada como un cuadro hiperrealista de Antoñito López, con sus contraventanas mallorquinas, sus cortinas con festones a cuadros amarillos y blancos recogidas a ambos lados, y unas macetas de Talavera pobladas de geranios rojos que se recortaban contra un cielo de impoluto azul serrano. Lo que parecía una ensoñación derivada del alcohol y los canutos, se transformó en algo que parecía tener todos los visos de realidad, cuando una señora estupenda, de unos cuarenta años muy bien llevados y un moreno cordobés que le haría saltar el hipo a cualquiera, apareció trepando por la ventana hasta encaramarse en el alféizar. Regalándole desde lo alto una encantadora sonrisa, descendió como una reinona, y dirigiéndose a él, como si le conociera de toda la vida, le soltó:
– ¡Hola cariño, ya estoy en casa!.

Marcelo dio un bote y se quedó levitando sobre la cama, con un susto en el cuerpo que le arrancó de cuajo todas las migrañas depositadas en su cabeza por los porros, el tabaco y el alcohol. La Bella desconocida, con un desbordante monólogo marujón que, a él solo le permitía meter de vez en cuando, entre frase y frase, algún sonido gutural de afirmación o negación, se paseaba por la habitación con un enérgico taconeo, a la vez que, de la manera más natural, se desprendía de la ropa con un savoir faire de lo más sexy. Con los ojos cuadrados, entre deslumbrado y aterrorizado, Marcelo seguía con la mirada aquel cuerpo escultural, que casi estaba al alcance de su mano. Entonces la Bella, desnuda como cuando Dios la trajo al mundo, se paró junto a la cama y con un meloso mohín, apeándose de los tacones le susurró:

– Anda Marce, cariño, hazme campito que vamos a jugar a papás…
Aquella primera noche resultó gloriosa. Estuvieron guerreando hasta bien entrada la mañana, con animados intervalos de charlas banales, que a él le resultaron refrescantes, como contrapunto a las habituales y pedantes conversaciones intelectuales de su mundo teatral, tan cargado de afectación y esnobismo. Sin acabar de creerse lo que le estaba pasando, pero encantado con la situación, Marcelo se dejaba llevar.

A media mañana, cuidando de no hacer ruido para que el amado pudiera seguir descansando, la Bella se levantó, se duchó y tan pausadamente como se había desvestido la noche anterior, se vistió. Con un beso en la frente, lento y suave para no despertarle, por bajines se despidió:
– Descansa pichoncito… mañana vuelvo…
Entonces la Bella se giró, y en un abrir y cerrar de ojos, trepó al alféizar y se lanzó al vacío. Marcelo, que no perdía detalle desde su papel de encantador amante dormido, no pudo evitar una exclamación de terror, cuando la imaginó estrellada contra el asfalto. Como un resorte, se incorporó, saliendo disparado hacia la ventana, pero cuando casi la tocaba con sus dedos, apenas quedaba ya una luz residual. El golpe de bruces contra la pared, le hizo volver a su ser y recuperar la conciencia. Supuso que había sido presa de una alucinación, o de un tardío episodio de sonambulismo, que creía definitivamente perdido en los años de su infancia.

De nuevo en la cama, observó que se sentía realmente exhausto, después de haber dormido casi diez horas. Le dolía todo el cuerpo, especialmente las piernas y las ingles, como si realmente hubiera estado toda la noche haciendo el amor. Pudo constatar, que la humedad de su lecho, no solo respondía al sudor y a la fiebre de lo que ya adivinaba monumental gripazo, consecuencia de la mojadura de la noche anterior, sino que quedaban en las sábanas muestras de pegajosos medallones, como prueba evidente de un real y desfogado combate sexual…y además…además…la cama estaba impregnada de un desconocido perfume entre agrio y dulzón, que indudablemente no estaba entre la selección de perfumes varoniles que habitualmente usaba para después de afeitar. Intrigado por aquel perfume que no acertaba a situar en su memoria olfativa, tendido en la cama con la mirada perdida en el techo, se entretuvo en repasar, como un consumado perfumista, las páginas de su libro de olores, hasta que dio con él. Era azufre, olía a azufre, más concretamente, a rosas mezcladas con azufre.
El cansancio y el punto de lucidez que todavía le quedaba, le hicieron apartar de su mente aquella dulce pesadilla, volviéndose a quedar profundamente dormido, hasta las primeras horas de la tarde. Cuando se levantó, después de una relajante ducha, observó con inquietud en el espejo, que su cuerpo magullado estaba poblado de chupetones, moratones y arañazos. Desconcertado y todavía somnoliento, se dirigió a prepararse el desayuno. El reloj de la cocina marcaba las siete de la tarde. Por primera vez en su vida, había faltado a un ensayo.
A partir de entonces, esto se repetiría una y otra vez, hasta casi arruinar su trayectoria profesional, construida durante años con dedicación, estudio y sacrificio. Su vida de soltero, que hasta entonces había transcurrido dentro de los parámetros más o menos bohemios de la farándula, se descalabró por completo y se le fue de las manos. Comenzó a incumplir horarios, citas y obligaciones, adquiriendo una fama de informal que repercutió negativamente en su trabajo. Los contratos, fueron menguando, lo mismo que la extensión de los papeles, la calidad de las compañías y la importancia de las salas. Y en igual medida, crecieron el consumo de alcohol, los porros y el tabaco. Cansancio, escasa concentración, falta de sueño, abandono de su propio cuerpo, hasta en la forma de vestir (hasta entonces informalmente exquisita) humor de perros… la imagen de Marcelo, como su vida, se desmoronaba por culpa de una mujer.

– Bueno, ni siquiera eso – se recriminaba en momentos de lucidez – por una alucinación de mujer…

Lo que había nacido como un juego nocturno de la imaginación, se había convertido en un verdadero problema. Los problemas que le generaba aquella situación, también afectaron a las relaciones, más o menos ocasionales, que mantenía con las que él llamaba sus amigas. El primer conflicto se presentó cuando Mari Luz Cifuentes, la segunda actriz de la compañía, después de una cena de estreno, se fue con él a dormir a su apartamento. Nunca hubiera imaginado, que con su cuerpo y su espíritu plenamente volcados en Mariluz, se volviera a encender la ventana en la pared y la Bella, descendiendo en plan chulapona, no solo organizara un escándalo monumental, sino que liberal y animosa, pretendiera participar en un menage á trois.
Cuando se besaban apasionadamente enroscados, sintió como una mano le acaricia por detrás distrayéndole de su ocupación.
– Estate quieta… por favor, ahora no… déjame en paz…
Y Mariluz:
– Pero ¿qué dices Marce?
– Nada Marilú, nada… no es contigo cariño, es que me ha venido una cosa a la cabeza…
Y la Cifuentes mosqueada… y Marcelo intentando recomponer la situación con ella. Al poco.
– ¡Ay!
Las rojísimas uñas de la Bella se habían clavado amorosamente rasgando la espalda de Marcelo, y Mariluz, harta ya de la situación, se apartaba de él abandonando la cama.
– Así Marce no hay quien eche un polvo…es como si estuvieras con otra… ¡mira, ni se te levanta!…
Y Marcelo:
– Pero Marilú, por favor no te vayas… es que…
Mientras Marilú se dirigía al baño a verter su frustración en un mar de lágrimas, él enfadado, aunque sin mucha convicción, se encaraba con la Bella en un toma y daca de insultos y reproches. Tras el indignado portazo de la Cifuentes, las aguas volvían a su cauce, y la débil carne de Marcelo sucumbía a sus encantos. Lo sucedido con la cómica, se repetiría en otras dos ocasiones con otras tantas amigas, así que optó por no llevar a ninguna otra más a su picadero. Pero con el paso del tiempo se relajó y volvió a abrir la puerta, a lo que consideró, una justificada excepción. La excepción se llamaba Graciela Rosetti.

Actriz de reparto de origen argentino, licenciada en sicología y muy conocida en el mundo del espiritismo y la parasicología, estaba al corriente del asunto, ya que en un momento de debilidad, había sido el paño de lágrimas de Marcelo. Así que se ofreció a echarle una mano, para liberarle definitivamente de las visitas de aquel espíritu seductor que, ella calificó, sin duda, como un súcubo femenino.
Como Marcelo desgraciadamente se temía, la Bella se presentó a dar por el saco en mitad del polvo y como en ocasiones anteriores, si se terciaba, a participar en él. La conversación entre los tres, ya sin necesidad de ocultaciones, y con Marcelo en funciones de médium entre las damas, adquirió tintes surrealistas.
– Qué haces con esa guarra – empezó soltando la Bella sin cortarse un pelo desde que se encaramó en la ventana.
Y Marcelo:
– No hables así mujer…
Y la otra:
– ¿Etá acá, etá acá?… ¿Qué dise la piba?…
Y Marcelo:
– Nada, nada…tú Gracielita sigue, como si tal cosa…
Y la Bella:
– ¡Ah!… así que la puta ésta se llama Gracielita… y encima argentina… ¡lo que me faltaba, una sudaca!… ¡que se vaya!…
Y Marcelo:
– ¿Por qué se va a ir?… ¿y qué pasa con que sea argentina?… ¡vete tú!…
– ¿Yo?… ¿marcharme yo?…yo soy tu prometida y además soy de Coria del Río…
Y la otra, picada en el amor propio y olvidándose del carácter experimental y científico:
– ¿Cómo?… ¿que yo me vaya?… ¿eso dise Marse?…¿eso dise?… ¡la concha su madre!… ¿dónde etá que le rompo la jeta?…
Y la Bella:
– A mí tú no me rompes ni una uña… ¡sudaca de mierda!…
Y Marcelo:
– No digas eso… tranquilas por favor…sin insultos… dejad de tiraros los trastos a la cabeza…
Y la Bella:
– La culpa la tienes tú, por traer zorras a casa…
Y la otra, haciendo repetidamente la señal de la cruz y conminándola como en un exorcismo a salir de allí en nombre de Jesucristo:
– Va de retro súcubo…va de retro súcubo…el fayo es tuyo Marse, por no enfrentarte antes a esaaa…a esaaa…cosa y sacarla sin más de tu vida.
Y Marcelo:
– Pero Gracielita, cariño, si eras tú quien quería ayudar…
Aunque aquel desgraciado experimento le curó definitivamente de otras posibles repeticiones, la despechada Graciela no se supo contener, y se lo contó a una amiga y ésta a otra, hasta que se hizo del dominio público en un mundillo como el teatral, bastante chismoso y aficionado a estas cosas del espíritu. Así que le vinieron múltiples propuestas para colaborar en otros experimentos o sortilegios similares, a fin de expulsar aquella presencia paranormal de su vida. A los de su propio sexo, que le acosaban a preguntas, la situación les parecía un chollo, aunque también hubo, quien, de forma discreta, se ofreció para compartir solidariamente su lecho. En cuanto a sus compañeras, algunas se mostraron ofendidas y escandalizadas por su preferencia espectral sobre la real, pero otras picadas por el morbo, se ofrecieron a seguir la estela de la Rosetti.

A Marcelo, todo aquello, le servía de bien poco para hacer frente a su problema. Sus amigos tenían buena voluntad, pero trataban aquellos temas en plan amateur. Le hablaron de visitar adivinos, médiums, quiromantes y otras gentes peculiares del mundo de lo oculto, pero cuando lo hizo (incluso recurrió a un sacerdote especializado en expulsar demonios) constató que aquello de los consultorios para los espíritus del más allá, era una verdadera verbena. Entonces pensó que, quizás, la solución al problema de lo que el llamaba alucinaciones, en vez de buscarlo en el más allá, debía hacerlo en el más acá, por lo que concluyó que lo que necesitaba era un médico del alma. Y así a través de la Rosetti, a la que ya se le había pasado el berrinche, cogió cita con un siquiatra de reconocidísimo prestigio, compatriota y ex pareja de la actriz, que había tratado a gente muy importante del mundo del espectáculo, las finanzas y la política. Marcelo, que era persona sencilla, tanta competencia médica le parecía desmesura, y aunque era de la opinión que los siquiatras al fin y a la postre, no eran sino otra clase de adivinos y hechiceros de bata blanca, tan pallá, como los que más ingenuamente se envolvían en capas astrales, gorros cónicos llenos de estrellitas o turbantes orientales, acabó por ir a la consulta privada que, aquella lumbrera de la ciencia siquiátrica internacional, tenía en un lujoso piso del Paseo de Recoletos.

La entrevista duró poco menos de una hora, en la que Marcelo, tumbado en un diván, como correspondía a la liturgia freudiana, se puso a hablar exponiendo su caso. Al cuarto de hora, la lumbrera le mandó parar y le dijo que ya lo tenía pillado. No había dudas, aquello era una clásica parálisis del sueño, algo que ocurre cuando despertamos de un sueño, pero nuestro cuerpo no lo hace. Le tranquilizó diciendo que era un fenómeno que le sucedía a mucha gente, bien es verdad que no con la intensidad y extensión temporal con que se presentaba en su caso. El resto del tiempo lo dedicó a ilustrarle, con una críptica exposición, a ritmo de milonga, sobre la teoría del sueño en la fase REM, la segregación de ciertos neurotransmisores, como el GABA o la glicina y otros términos extraños, de la que Marcelo no entendió nada. Resumiendo, el cuadro sicosomático que estaba claro, venía motivado por los restos de un complejo edípico infantil, ausencia de pareja estable, exceso de trabajo y una hipersensibilidad espiritual, propia de los artistas. Tratamiento… fuera preocupaciones, vida sana, paseos por el campo, abandono del alcohol, el tabaco y los porros, una tortilla de pastillas para rebajar la tensión y poder dormir como un niño y el asunto se iría de forma tan natural como había venido.

Las consultas, que le costaban un ojo de la cara, se fueron sucediendo, pero la cosa no mejoraba. La Bella seguía visitándolo regularmente. Además, las pastillas, le producían una somnolencia permanente, que le incapacitaba para desarrollar un trabajo como el suyo, para el que una buena memoria resultaba imprescindible. Así que, consciente de que por aquel camino tampoco había salida, dejó al siquiatra, optó por la huida y abandonando su casa, puso tierra de por medio.

Sin comunicárselo a nadie, con el máximo sigilo, vendió el apartamento de Huertas y consiguió una plaza de profesor de literatura en un instituto de BUP en Portugalete, su pueblo natal, donde pensó que, rodeado de sus recuerdos, amistades de juventud y familia, se sentiría más protegido. Allí podría reconstruir su deshecha personalidad y rehacer su vida.
Alquiló un apartamento en una casa del Paseo del Muelle Nuevo, con unas estupendas vistas sobre la Ría, y en unos pocos meses, libre de los agobios de aquella alucinación infernal, experimentó una sensible mejoría. Recuperó viejos amigos e hizo otros nuevos, con los que volvió a salir en cuadrilla a tomar vinos por el Casco Viejo. Las clases le tenían ocupado buena parte del día. Creó un grupo de teatro con los alumnos del último curso y volvió a ser el dulce y abierto Marcelo de siempre, aunque sin atreverse todavía a llevar a ninguna de sus nuevas amigas a su casa. Pero justamente poco antes de los exámenes de Junio, un sábado aciago sucedió lo tan temido, que la ventana, se volvió a abrir.

– Chico, vaya manera de comportarte… así, sin más ni más, sin dar una explicación, ni dejar una simple nota, tomas las de Villadiego y desapareces como si se te hubiera tragado la tierra… y ¡hala!, si te he visto no me acuerdo… yo tonta de mí, toda preocupada pensando que te había pasado algo o que habías tenido un accidente con el coche… te he buscado en hospitales, clínicas, comisarías y ¡nada!… tú aquí, tan rico, en tu Portu de siempre…con tus amigotes… en una pareja como Dios manda, así no se hacen las cosas Marce… si hay algún problema, pues cariño, se habla…se habla… ya sabes que yo soy muy razonable…
Se le cayó el mundo encima. Ante el despechado pero meloso discurso de la Bella, apenas si pudo mascullar algo entre dientes.

– Es que me salió una plaza y…y… me dieron poco tiempo para ocuparla… no tuve tiempo de avisar y.

Para entonces, la Bella ya le estaba arrullando con todos sus encantos a los que él nunca se podía resistir, y volvió a caer en las mismas, Portugalete fue la primera de las etapas en una huida hacia adelante, que tuvo su continuación en otros lugares como Salamanca, Ventadebaños, Granada y Lorca donde, antes o después, la Bella, perseguidora implacable, lo acababa encontrando. Hasta que cayó en la cuenta de que el único lugar, donde quizás, podía estar a salvo de aquellas visitas infernales, sería la cárcel. Así que en una preciosa mañana del mes de mayo, después de haber dejado las cosas de intendencia arregladas, tomó el cuchillo más grande de su cocina, un cartón de Ducados, un termo de café, dos bocadillos de barra entera (uno de chorizo de Pamplona y otro de tortilla española) envueltos en papel de aluminio, unas servilletas de papel, el periódico, un pack de latas de cerveza, una cadena y un candado que había comprado el día anterior en una ferretería y metiéndolo todo en una bolsa de plástico de El Corte Inglés, se presentó a cara descubierta en la pequeña agencia del barrio del Banco de Santander, decidido a dar un palo, con el objetivo secreto de resultar detenido con las manos en la masa y poder pasar unos años descansando en la trena.

Tocó el timbre. La cajera, de lejos, mecánicamente, sin apenas mirar quien era, apretó el botón de debajo de la mesa que abría la puerta y Marcelo entró. El despacho del director estaba vacío, una empleada que ocupaba una mesa a la derecha hablaba por teléfono y un par de clientes esperaban frente a la caja. Sacó el cuchillo de la bolsa y blandiéndolo al aire, soltó los consabidos gritos.

-¡Esto es un atraco!… ¡todos al suelo!…
Pidió la llave a una empleada, cerró las puertas y se la guardó en el bolsillo. Después, pasó la cadena por los grandes tiradores y cerró el lazo con el candado. Bajó las persianas motorizadas, dio vuelta al cartel donde ponía cerrado y con la colaboración obligada de los dos clientes, arrastró una pesada mesa contra la puerta de entrada, para reforzar su bloqueo.

Interrogó a las empleadas sobre la hora en que llegaba el furgón del dinero, y si además de los presentes, había alguien más en la sucursal. Ellas negaron con la cabeza, pero ante sus miradas azarosas hacia la puerta de los lavabos, le entraron sospechas. Así que agrupó a empleadas y clientes y los encerró bajo llave en el cuarto de archivo. A continuación, se dirigió a los lavabos y entró sigilosamente, sin hacer ruido. No había nadie. Abrió despacito la puerta del retrete de las mujeres y nada. Fue a hacer lo mismo con el de los hombres, pero se encontró con que estaba bloqueada. Tras la puerta sonaron unas toses, de esas que advierten que está ocupado. Dio un paso atrás y soltó una violenta patada, que hizo saltar por los aires el pasador y la mitad de la puerta. Allí estaba el señor director sentado en la taza, pelándosela con una revista porno en las manos. Le puso el cuchillo al cuello y a medio subirse los pantalones, le obligó a salir a la zona pública de la oficina.
Dominada la situación, liberó del encierro a los clientes y al personal, indicando a unos que se sentaran tranquilos y a otros que volvieran a ocupar sus puestos de trabajo. Metió en una bolsa del banco el dinero que, temblando como una vela le ofrecía, sin habérselo pedido, la cajera, y a continuación pidió a todos un momento de atención. Educadamente les hizo saber que eran sus rehenes, que debían estar tranquilos, que si colaboraban no sufrirían ningún daño, que se quedaran quietecitos en sus lugares y que el atraco quedaría resuelto en unas pocas horas. Acabado el discurso se sentó tranquilamente en el mullido sillón de Director, presionó el botón de la alarma, que comenzó a sonar en la calle como una condenada, vació el contenido de la bolsa de El Corte Inglés sobre la mesa, y se dispuso a almorzar mientras llegaba la pasma y tomaba posiciones en torno al banco.

Cuando las sirenas dejaron de aullar para dar paso al megáfono, ya había acabado el primer bocadillo e iba por la mitad del periódico. La voz del inspector jefe de la policía, entre suaves recomendaciones y fuertes amenazas, le conminaba a entregarse. Desoídas las advertencias del megáfono, al poco sonó el teléfono y se iniciaron tres inacabables horas de ardua negociación, en las que mediante una serie de peticiones y exigencias que parecían sacadas de un telefilme americano, estuvo mareando a la bofia. Decía que aquella interpretación (ampliamente recogida en vivo y en directo en el telediario de las tres) había sido el broche de oro con el que culminó su carrera teatral. Cuando consideró que ya había delinquido bastante como para ganarse un buen marrón, recogió y limpió la mesa, devolvió el dinero a la cajera, se despidió de clientes y empleados dándoles las gracias por su colaboración, le dio al botón que accionaba las persianas para elevarlas, apartó la mesa con la ayuda de los secuestrados, retiró la cadena, abrió las puertas, y con los brazos en alto, llevando en una mano el cuchillo, la cadena y el candado y en la otra la bolsa con los restos del bocadillo de tortilla a medio comer, el periódico, el cartón de Ducados, las servilletas, el termo y las latas vacías, salió a la calle, dio tres pasos y gritó:
– ¡No disparen!… ¡me entrego!
Y se entregó.

Aquel día la escena española perdió un gran cómico, pero nuestra prisión ganó un estupendo bibliotecario. Su nombre completo era Marcelino Cortajarena González… El Corta para los compañeros. Esta increíble historia me la contó en la cárcel.

 

Recuerda cada semana con mas historias de terror cortas, si tu gusto deja tus comentarios mas abajo.

Leave a Reply