El Amigo

Escrita y Adaptada por Eduardo Liñán
Tendría unos 10 años cuando me pasó una cosa por demás extraña. Vivía en una colonia vieja de Tampico en la cual existían muchas casas de madera aun habitadas y otras abandonadas por lo antiguo de la construcción. Con techos caídos y madera carcomida por el tiempo, sin embargo había una en particular que aun seguía de pie y tenía mucho tiempo en el abandono, yo jugaba continuamente en ese lugar con mis soldados de plástico verde y mis carritos de plomo, pasaba muchas horas en ese lugar y el tiempo se me hacia corto. Con el paso del tiempo comencé a sentirme observado por entre los rincones de aquella casa podrida, sin darle importancia todas las tardes después de salir de la escuela visitaba aquella casa, la cual estaba enfrente a la mía, así que mis padres no tenían pendiente de que jugara en ella.


Una tarde me paré de frente a la puerta y antes de que pudiera entrar, un aire helado me golpeó la cara, llenándome de un escalofrío que me recorrió de pies a cabeza. Entre despacio y con sigilo a la casa pensando que quizás habría alguien dentro. Me di cuenta enseguida que el ambiente en la casa había cambiado, ahora era sofocante y olía raro. Pero además de eso había un silencio sepulcral que molestaba, no se escuchaban el cantar de las aves y ni siquiera el sonido exterior de los carros pasar.
-¿Hay alguien? -Grite preguntado algo nervioso y solo se podían escuchar murmullos a lo lejos.
Caminé lentamente por entre las tablas apolilladas y clavos oxidados para ir a la parte posterior de la casa en donde jugaba regularmente.

El silencio me ponía algo nervioso pero tenía que terminar un fuerte para mis muñecos, antes de entrar en lo que había sido un gran cuarto, escuchó por fin una voz de alguien que me hablaba cerca del hombro, voltee para ver quién era y no había nadie atrás de mi. Al voltear de nuevo, me asusté por la presencia de un niño que estaba parado en la puerta trasera, me miraba fijamente con un rostro pálido y ojos sumidos, tenía sus manos y brazos caídos a los lados y vestía un uniforme escolar, una camisera blanca y un pantalón azul marino. Mi primer impulso fue hablarle, me tranquilicé un poco por ver la presencia del niño, le pregunté si viva por aquí y me asintió con la cabeza. Antes de entrar en la habitación donde jugaba, empecé a acomodar unos juguetes que ya tenía ahí desde antes y el niño dijo algo con una voz muy baja que apenas logré entenderle, voltee sin ganas y con una cara de fastidio le pregunté
-¿Qué?
En eso el chiquillo se inclina ante mí viéndome fijamente y apretando las manos da un grito, el grito me alertó por la forma y la voz con la que lo hizo me estremeció, solté todo lo que traía en las manos, y corrí por entre las tablas y la basura, no tardé mucho en salir y cuando crucé el zaguán de la entrada voltee para ver si me había seguido el niño. Se había quedado en el mismo lugar donde estaba, lo vi a lejos y tan solo levantó la mano, enseguida un rechinido acompañado con un tronido estruendoso se dejó escuchar mientras el techo de la casa se desplomaba, el polvo y la basura volaron por todas partes, y yo me cubrí la cara con ambas manos. El ruido y la polvadera alertó a todos los vecinos que salieron corriendo para ver que había pasado, mi mamá asustada llegó corriendo y me preguntó si no me había pasado nada. Yo le respondí que no, pero estaba preocupado por el niño que se había quedado y me había prevenido del desastre, sabía que no le había pasado nada, antes de caerse la casa estaba parado afuera del quicio de la puerta. Así que pensaba que había tenido tiempo de correr también. Esperé a que saliera por algún lado, pero nunca lo vi aparecer, por el frente de la casa, era raro por qué no había otra salida.
Días después del incidente, me metí de nuevo en el lugar, pero los escombros me impedían meterme con libertad, quería recuperar mis juguetes pero sería algo difícil, busqué por donde podía para ver si el niño estaba por ahí, pero no tuve éxito. Salí resignado y caminé con rumbo a la casa de una costurera que vivía cerca de la casa, mi mamá estaría esperándome ahí. Llegué y estaba mi mamá platicando con una señora de edad, entré sin saludar y me senté aburrido en un sofá que tenía cerca de una tele vieja que no encendía. mientras la máquina de coser daba sus puntadas y mi mama hablaba, noté que en la pared frente de mi había unos retratos colgados en todos ellos estaba la figura de un niño que me era familiar, cuando me paré para ver mejor las fotos, me di cuenta que era el mismo chiquillo que me había alertado antes, entonces interrumpí la plática de mi mama y la costurera -Mira mamá este es el niño que me dijo que corriera. -Grité emocionado y las mujeres se me quedando viendo extrañadas.
-Hijo, no seas grosero y no digas mentiras – Me reprendió mi mama por haber interrumpido la plática
Entonces la costurera se paró de la silla y se acerco a mí y me dijo
-Amor, el es Gabriel, era mi hijo pero murió hace 10 años, ¿Donde lo viste?
-En la casa que se cayó, ahí jugaba yo lo vi y me dijo que corriera.
La señora se dejo caer en un sillón y con la voz entrecortada y unos ojos húmedos me dijo algo que jamás he podido olvidar.
-Esa era casa de mi suegra, mi hijo Gabriel una tarde que llego de la escuela y se subió al techo por una pelota, se cayó de cabeza y murió.

Desde ese entonces nunca más volví a ese lugar, no por miedo, sin porque quería dejarle los juguetes a Gabriel, quizás eso le habría gustado.
—Relato de Jorge López
©Eduardo liman

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