El detective

EL DETECTIVE

Los que lo conocían personalmente y habían sido clientes de Henry L. Campbell solían decir que era el mejor detective de Inglaterra, y eso a pesar de que había bastantes.

Sentado en mangas de camisa detrás de la mesa de su despacho, Henry reflexionaba sobre la visita que acababa de recibir. Encendió un cigarrillo, y mientras miraba sus notas, sacó una botella de whisky y un vaso del último cajón de su escritorio y se sirvió un trago.

Henry tenía treinta y ocho años, aunque aparentaba cuatro o cinco menos. Hasta hacía tres años había pertenecido a Scortland Yard, y había sido un agente muy eficiente. Se hablaba de que iban a ascenderle a sargento, pero ese ascenso nunca llegaba. Parece ser que a algunos de sus superiores no les caía muy bien. Tal vez era demasiado independiente. Por eso decidió dejar la policía y establecerse por su cuenta. No le iba mal. En realidad le estaba yendo muy bien. Ganaba casi el triple de lo que ganaba antes, y no tenía que recibir órdenes de nadie. Nunca se había arrepentido de la decisión que había tomado.

Hacía un rato que le había visitado un elegante abogado vestido con un traje cruzado azul marino, que venía en representación de un importante cliente. Recordó la conversación mientras le daba un sorbo a su vaso de whisky.

-Verá, señor Campbell, tengo entendido que es usted el mejor detective de esta ciudad…

-Bueno, eso dicen -le contestó Henry sonriendo.

-Bien, es para un asunto delicado -dijo el prestigioso abogado con precaución.

-Muy bien, señor Remington. Soy la discreción en persona, pero le advierto que mis tarifas no son baratas.

-De acuerdo, ¿y cuáles son? -le preguntó el picapleitos sonriendo.

-Son 150 libras diarias, mas gastos, y un cheque anticipado de 1.200 libras.

-No hay ningún problema. Estoy autorizado por mi cliente a extenderle un cheque para que inicie sus pesquisas, si acepta el caso.

-Muy bien, ¿y puede saberse quién es su cliente? -le preguntó Henry algo molesto por tanto secretismo.

-Sí, cómo no, es John S. Wilson.

-¡Ah, el magnate de la prensa!

-El mismo. Como ya sabrá por las noticas, hace dos días que encontraron a su mujer asesinada en la piscina.

-Sí, últimamente no se habla de otra cosa.

-Vale, pues el caso es que, ¿cómo le explicaría yo…? No es que desconfiemos de la policía. Pero usted sabe tan bien como yo, que en estos casos el principal sospechoso suele ser el marido de la víctima…

-Sí, claro.

-Por eso mi cliente quiere que el caso se resuelva lo antes posible, ¿puedo contar con su discreción, señor Campbell?

-Por supuesto, señor Remington, puede hablar sin rodeos. Yo soy una tumba. Eso es parte de mi oficio.

-Bien, la noche de autos mi cliente estaba pasando la noche con una amiga.

-¿Una amante, quiere decir?

-Sí, bueno, eso -le contestó el abogado algo incómodo.

Henry pensó que qué necesidad tenía el magnate de la prensa de buscarse una nueva amante, cuando según decían los periódicos sólo llevaba cinco años casado con su segunda esposa. Una bella mujer a la que casi le doblaba la edad, ¿tan pronto se había cansado de ella? ¡Ay, estos ricachones son todos iguales, unos viciosos sin medida! Pero bueno, él tampoco tenía derecho a juzgar a nadie. Él tampoco era un santo. Vive y deja vivir.

-En ese caso tiene una coartada sólida, ¿no?

-No, bueno, es una chica casada y…

-Ya, lo comprendo. No quiere comprometerla a no ser que sea absolutamente necesario.

-Veo que lo ha comprendido a la perfección.

-De todas formas necesito los datos de esa chica.

-Se llama Nancy Douglas, y vive en cincuenta y uno de Cannon Street.

El detective privado se tomó nota de los datos en una pequeña libreta de direcciones que siempre llevaba consigo.

-¿Acepta el caso, señor Campbell?

-Sí, claro, no veo ningún inconveniente.

-Estupendo, me alegro mucho. Le extenderé ahora ese cheque.

Durante un minuto nada se oyó en la habitación, salvo el suave rasgueo del bolígrafo del abogado al escribir sobre su talonario. Cuando terminó, se lo entregó al detective.

-Aquí tiene. Le daré también mi tarjeta. Por favor manténganme informado de sus avances en la investigación del caso.

-No se preocupe, le llamaré de vez en cuando para manterle al día.

El elegante abogado se levantó y Henry hizo lo mismo -Ambos hombres se dieron la mano y se despidieron.

Poco después, y mientras terminaba su cigarrillo, Henry llamó por el intercomunicador a su secretaria. Caroline Baker, que ese día vestía un ajustado vestido azul celeste con falda por encima de las rodillas, entró en el despacho de su jefe.

-¿Me ha llamado, señor Campbell?

-Sí, Caroline. Ten este cheque. Cuando puedas lo ingresas en el Banco. -La secretaria se acercó hasta él y cogió el cheque.

-Muy bien, señor -luego se marchó caminando despacio con un suave contoneo de caderas.

Herny recordó haber leído un extenso artículo hacía pocos días en el Times sobre la joven víctima. Scotland Yard parecía no tener ninguna pista sobre quién o quiénes habían sido los asesinos. El robo estaba descartado. No faltaba nada en la moderna y extensa mansión donde vivía la víctima con su marido, y la puerta no había sido forzada. Probablemente, la difunta Berverly Wilson conocía a su asesino y abrió ella misma la puerta de entrada. Casualmente era el día libre del personal de servicio, ¿quién había ido a visitarla aquella fatídica noche? ¿Un amigo, una amiga? ¿Tal vez tenía un amante? ¿Alguien que conocía algo turbio en su pasado y que la chantajeaba?

Todo eran preguntas e hipótesis sin respuesta. Su primer paso debía de ser el de conocer a fondo la personalidad y la vida de la bella joven asesinada, y de la gente con la que se relacionaba, sus parientes, amigos, antiguos compañeros de estudios y de trabajo, etc., pero sin duda a la primera persona que tenía que preguntarle era al atribulado viudo, a la persona que lo había contratado.

(Autor: Francisco R. Delgado)

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