LA ERA DE LOS ROBOTS

LA ERA DE LOS ROBOTS

(Relato de ciencia-ficción)
Corría el año 2127. Los humanos y los robots eran indistinguibles unos de los otros. Hacía ya muchos años que se había aprobado una ley que permitía a un humano casarse con un robot. La mayoría de los humanos lo prefería, porque eran emocionalmente más estables, y más atentos y cariñosos.

Dennis Benet, el rudo teniente de la policía de San Francisco, odiaba a los robots con toda su alma. Ellos conseguirían que un día no muy lejano, los humanos se extinguieran.
Dennis tenía por delante dos semanas de vacaciones, y decidió viajar hasta las Montañas Rocosas para practicar el parapente, su deporte favorito.

Planeando suavemente por el cielo sobre los valles y montañas, Benet se sentía tranquilo y feliz. Todo parecía ir bien, hasta que un fuerte y repentino viento le hizo perder el equilibrio en el aire. El parapente cabeceó y se balanceó violentamente, y Dennis improvisó un aterrizaje forzoso para poner a salvo su vida. Al caer al suelo, se rompió una pierna.
En el hospital, la doctora, después de hacerle una radiografía de urgencia, le comunicó:
-Señor Benet, no hay ningún problema. Se ha partido una de sus varillas de metal. La sustituiremos de inmediato.

-¿Varilla de metal? ¿De qué diablos me está hablando? -le preguntó, sorprendido y enfadado al mismo tiempo.

-Es usted un robot VX-320, uno de los más avanzados. Yo mismo tampoco soy humana. Soy un TS-540, un modelo de hace unas décadas.

-¿Que yo soy un robot? ¿Qué me está diciendo? -le preguntó incrédulo.
-Sí, claro, ¿no lo sabía? ¿Nunca le habían hecho una radiografía? -le dijo la doctora sonriendo, y sin alterarse lo más mínimo.

-No, nunca antes. Es la primera vez que me rompo algo.

-Pues así es. He examinado su pierna rota a conciencia, y sus miembros y articulaciones no están hechos de hueso; sino de una aleación de metal, muy resistente, además de ligera y flexible, pero no irrompible. Sin duda es usted un robot recubierto de piel sintética, un ciborg.

Poco después Dennis Benet abandonaba el hospital, perfectamente reparado.
Su ánimo se había ensombrecido rápidamente. Toda la vida odiando a los robots, sintiendo una profunda repugnancia hacia ellos, y resultaba que él mismo también era un robot… ¡maldita sea!

Fue hasta un bar y pidió un whisky mientras rumiaba sus tristes pensamientos.
-¿Tienen alma los robots? -se preguntó a sí mismo, al mismo tiempo que acariaba su descuidada barba de tres días.

Después de tomarse su whisky, decidió visitar una iglesia y hablar con un sacerdote. Halló a un clérigo releyendo la Biblia, sentado en uno de los bancos de atrás.
-Buenos días, Padre -lo saludó Dennis.

-¿Buenos días, hijo, ¿vienes a confesarte?
-Padre, ¿usted es un robot?
-No, claro que no. Soy de los pocos humanos que todavía quedan. Nuestro número ha bajado mucho en los últimos ciento veinte años.

-Reverendo, quería preguntarle una cosa, ¿tienen alma los robots?
-Humm… extraña pregunta; aunque no es la primera vez que me la hacen, ¿puedes decirme tu número de ficha identificativa? -le preguntó mientras le hacía una señal, y se dirigía a la sacristía, seguido por Benet.

Ambos se acercaron a una mesa de escritorio, sobre la que había un ordenador.
-Sí, es 89.746.342.687VRZ.

El sacerdote tecleó el número, y luego le dijo:
-Bien, hijo mío. Te voy a dar una dirección. Tal vez allí encuentres la respuesta que buscas.
Poco después, la impresora, que estaba integrada al monitor con la pantalla, zumbó suavemente un momento, y luego grabó un nombre y una dirección en una tarjeta de plástico azulado.

A continuación, Dennis le dio las gracias al párroco de la iglesia, después de haberle sido entregada la tarjeta, y salió del edificio. Miró la dirección grabada, y recordó que esa calle no quedaba muy lejos de allí.

En la puerta del alto edificio ponía en letras grandes: “ALCOR, LABORATORIO DE CRIOGENIZACIÓN”.

Benet entró en las amplias oficinas. Detrás del alto mostrador de recepción, observó a un hombrecillo viejo y delgado, que contemplaba atentamente la pantalla de un moderno ordenador holográfico.

-Buenos días, señor -lo saludó Dennis, respetuosamente.
-Buenos días. Dígame, ¿qué es lo que desea? -le preguntó el recepcionista.
-Bueno, vengo de parte del reverendo Williams. Él me entregó esta tarjeta -le contestó, enseñándosela.

-Bien, comprendo. ¿Es usted un VX-320? -le preguntó con una sonrisa.
-Sí, eso me han dicho -le respondió Dennis, resignado.
-De acuerdo. Dígame su número de serie…

El teniente de policía se lo dijo, y el anciano tecleó rápidamente el número en el ordenador.
Un poco más tarde, le informó:

-Sí, está usted en nuestra base de datos. Estoy viendo su ficha.
-Y bien, ¿qué puede decirme? -le preguntó Dennis con impaciencia.

-Veamos… usted falleció en el año 2019 de un cáncer. Se le sometió a un tratamiento de criogenización, según las órdenes expresadas por usted en su testamento.
-¿Cómo? ¿Qué quiere decir? ¿Y cómo es que no recuerdo nada de eso?

-¡Oh, bueno! Eso es normal. Se le borraron sus antiguos recuerdos, y se le introdujo otra identidad y otros recuerdos nuevos, para que su vida anterior no interfiriera y condicionase la nueva. Hubiera podido ser contraproducente, -le respondió con gesto serio -se llamaba usted Mark Barnes. No estoy autorizado para informarle de nada más. Lo siento.

-Muy bien, gracias. Es suficiente. No necesito averiguar nada más, ¿quiere usted decir que no soy un robot? -le preguntó alegremente.

-No, bueno, su cabeza, su cerebro, es humano. Su cuerpo sí es robótico. Ahora es usted medio humano, medio máquina. Es un ciborg. Hay millones de personas como usted.
-Osea, que poseo un alma inmortal…

-Ehh, sí, claro. Si es que eso existe, porque todavía no se ha demostrado.
Dennis se despidió del sabio individuo, y salió a la calle muy alegre y reconfortado, silbando una antigua y dulce melodía.

(Autor: Francisco R. Delgado)

 

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