IMBORRABLE

IMBORRABLE

Sonia Robles miraba el reloj mientras aceleraba su ritmo. Le quedaban todavía 4 vueltas al parque de Alameda de Santiago para completar su ejercicio diario y ya comenzaba a oscurecer. No le gustaba correr por la noche, el lugar estaba poco iluminado y apenas había gente. Además comenzaba a refrescar, doce grados y bajando. Temperatura normal para principios de noviembre en esa hermosa tierra. Sonia volvió a pasar por delante de la estatua del gran escritor Valle Inclán y le sonrió. Parecía como si siguiera vivo, allí, sentado en el banco. Sonia volvió a sonreír, le gustaba ese parque y sus estatuas, principalmente la dedicada a la gran Rosalía de Castro. Solía pararse ante ella unos minutos para contemplarla y recordar su legado. Había sido una gran mujer, pensó, muy grande… pero hoy no había tiempo. Miró el reloj de nuevo, casi las diez de la noche, tenía que terminar ya. Lamentó haber tenido tanto trabajo ese día, eso había provocado que tuviera que retrasar su entrenamiento diario algo que no podía permitirse si quería participar en la próxima carrera comarcal. Pasó otra vez por delante de la estatua de Valle Inclán y enfiló la última vuelta. Un viento desagradable y gélido se levantó de repente y Sonia sintió frío. Decidió dejarlo ya y regresar a su casa. Se daría una ducha caliente y mañana, si el trabajo se lo permitía, compensaría lo de hoy. Se dirigió hacia su coche, la zona estaba desierta. Seguramente el frío reinante había ayudado a ello. Abrió el vehículo con el mando a distancia y apuró el paso. El viento cada vez era más fuerte. De repente sintió una presencia cerca de ella y se dio la vuelta. Unas manos grandes la agarraron con fuerza inmovilizándola al instante. Sonia comenzó a gritar a viva voz pidiendo auxilio, pero el lugar estaba totalmente vacío y además el viento ocultaba su voz. El hombre la levantó en el aire como si no pesara nada y comenzó a llevarla hacia una furgoneta negra.

-No…no…no. Por favor, suéltame… Por favor –le pidió Sonia de manera suplicante mientras veía la furgoneta cada vez más cerca.

-Puedes gritar lo que quieras, guapa. Nadie te oirá –le contestó el hombre riendo.
Sonia ya veía la furgoneta a apenas un par de metros. Sabía que si entraba en ella nada volvería a ser igual. Intentó soltarse moviéndose sin parar, pero el hombre era demasiado fuerte y apenas le incomodaba sus esfuerzos.

-Por favor, por favor. No me hagas daño… no me hagas daño –le suplicó Sonia entre lágrimas.
-Tienes un cuerpo precioso, duro y bien formado –le dijo él mientras le apretaba los pechos y el culo –Se nota que haces ejercicio con regularidad.

Sonia vio como la puerta lateral de la furgoneta se abría y un hombre pequeño la miraba lascivamente. El pánico se apoderó de ella… eran dos… dos. Estaba perdida. El grandullón la tiró dentro de la furgoneta ni que fuera un saco y el pequeño se dispuso a atarla. Sonia le pegó una patada con fuerza en sus partes y el pequeño cayó de rodillas. Tenía que escapar antes de que fuera tarde. Saltó del vehículo y una mano fuerte y poderosa la agarró de la melena.

-Pero qué coño haces, zorrilla –le dijo el grandullón mientras tiraba de la melena con fuerza. Sonia sintió un dolor intenso que provocó que las lágrimas volvieran a surgir con fuerza en sus ojos.

El impulso la llevó hasta su agresor y en un intento desesperado le clavó las uñas en los ojos. Un grito de dolor salió de la garganta del hombre mientras se agarraba la cara asustado. Sonia se sintió libre y comenzó a correr hacia su coche. Apenas veía algo, pero sabía que las llaves tenían que haber caído junto a la puerta del conductor. Allí había sido donde esa bestia la había levantado como si fuera una pluma. El más pequeño la persiguió furioso, pero el golpe recibido no le permitía correr con comodidad. Sonia llegó hasta su coche y se tiró de rodillas al suelo. Tenía que encontrarlas… tenía que hacerlo… eran su salvación. Tocó el suelo palpando todo lo que había junto a su coche. El viento y la lluvia arreciaban con fuerza y amenazaban con llevarse todo a su paso.
-¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis? –gritó al viento mientras buscaba desesperada por el suelo.
El pequeño ya estaba a un par de metros de ella y no veía al grande. En cualquier momento podía aparecer de nuevo y atraparla. Si lo lograban esta vez serían mucho más violentos.
-¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis, por Dios? –dijo cada vez más desesperada. Notó algo frío y duro de repente y lo levantó… sí, eran las llaves. ¡Por fin! Pero el hombre pequeño ya le impedía el acceso al coche y distinguió al grandote en la parte de atrás del vehículo. Decidió correr hacia el parque de nuevo. Con la escasa visibilidad podría esconderse de ellos. Además sabía de otra salida al otro lado del parque. Tendría que escalar un pequeño muro, esa puerta solía estar cerrada, pero la altura era escasa y podría conseguirlo si llegaba hasta allí. Corrió como nunca lo había hecho a pesar de que sentía las piernas muy cansadas. Los dos hombres la persiguieron maldiciendo en alto y amenazándola.
-Ahora sí que nos has cabreado, zorra –gritó el pequeño- Cuando te cojamos sabrás lo que es sufrir.

Sonia no sabía que decían. El ruido del viento y la lluvia le impedían oírlos, pero estaba segura que no sería nada bueno. Tenía la cara empapada, le dolía el cuerpo y la cabeza, pero no por ello redujo su carrera. Apenas los podía ver, pero sabía que los estaba dejando atrás. Aceleró buscando conseguir la mayor ventaja posible. El viento le dificultaba la carrera, pero también a sus agresores. Lo conseguiría, seguro. De repente una mala pisada la hizo caer al suelo y un dolor intenso se apoderó de su pie izquierdo. Supo al instante lo que tenía… un esguince. Maldijo en silencio su mala suerte mientras se incorporó de nuevo. El dolor aumentó al apoyar el pie, podía andar, pero no correr.

.-Mierda…mierda… mierda –dijo aterrada mientras intentaba apurar. Miró hacia atrás intentando verlos, pero solo distinguió al grandote. Dónde estaba el pequeño, se preguntó angustiada. Decidió esconderse. Conocía el parque como si fuera su casa, todos los días corría en él. Eso jugaba a su favor. Decidió que un grupo de árboles de poco tamaño serían un buen lugar para ocultarse. Tenía que inmovilizar el pie con algo para que el dolor no fuera a más. Sabía que tendría que volver a correr y si se le hinchaba demasiado pronto no podría hacerlo. Se arrancó un trozo de la manga del chándal y se quitó la zapatilla deportiva. Justo en ese instante distinguió una luz a poca distancia. Tenían una linterna… no alumbraba demasiado, pero sí lo suficiente como para verla si no estaba bien oculta. Decidió tumbarse en el suelo y no moverse. La cara se le llenó de tierra mojada al instante y sintió la frialdad del suelo. Si salía de esta con toda seguridad cogería una gripe, pero eso era ahora el menor de sus problemas.

-Guapetona… ¿dónde estás? –la voz del pequeño se oyó con claridad. Estaban a pocos metros –Vamos, preciosa. No nos lo pongas más difícil o lo pagarás. Mi amigo está muy cabreado. Le has dejado los ojos muy afectados y eso no es nada bueno… Te castigará con saña, ya lo verás.

Sonia no pudo evitar temblar al oírlo. Sí, le había clavado con fuerza las uñas en los ojos. Seguramente le escocerían o incluso le habrían sangrado. Fue lo primero que se le ocurrió y, sin duda, había sido un acierto. Gracias a eso estaba ahora libre, pero sabía que si la atrapaban ese hombre se vengaría y se imaginaba como… Sintió un escalofrío al imaginárselo sobre ella manoseándola, besándola… violándola. Oyó de repente unos pasos a su espalda y distinguió unas piernas. No se lo pensó, le pegó una buena patada con su pie bueno en el tobillo y se oyó un crujido. Un grito de dolor angustioso se oyó con fuerza. Sonia salió de su escondite y se alejó lo más rápido que pudo. Estaba convencida que le había roto algo, seguro. Lástima que esas piernas pertenecieran al pequeño y no al grande.

-Zorra…zorra. Eres una zorra y te juro que te lo haré pagar –le gritó el pequeño con ira mientras intentaba caminar. Sonia no perdió tiempo, tenía que alejarse de ellos todo lo que pudiera. El pie seguía doliéndole mucho, pero al menos podía apurar el paso aunque no correr. No sabía dónde estaba el grandullón. Eso le producía enorme temor. Había comprobado antes la fuerza que tenía. Sus brazos doloridos y su melena habían sido testigos de ello. Miró sin cesar para atrás mientras intentaba llegar a la otra puerta. Ahora sería más dificultoso escalar el muro, pero lo lograría. De repente un golpe en la cara la tiró al suelo. Un dolor intenso se apoderó de ella y la nariz comenzó a sangrarle al instante. El grandullón se echó sobre ella y la inmovilizó con rapidez.

-Me has hecho mucho daño, zorra. Ahora te lo haré yo a ti –le dijo mientras le rompía con facilidad la parte de arriba del chándal. Le subió con violencia la camiseta hasta el cuello y comenzó a acariciarle los pechos con una mano mientras que con la otra le sujetaba las manos. Un grito de angustia seguido de otro de dolor salió de su garganta cuando esa mano se los apretó con fuerza.

-Ah… No, por favor… Por favor –las lágrimas surgieron a mares de sus ojos. El hombre comenzó a lamerle la cara de arriba abajo mientras le manoseaba los pechos con violencia. Sonia sintió tanto asco que estuvo a punto de devolver. Otro grito, esta vez de terror y desesperación, salió de su garganta cuando el hombre le bajó el pantalón del chándal.
-No…no…no. No lo hagas, no lo hagas…

El hombre rió mientras llamaba a su compañero para que también disfrutara del premio.
-¡Qué buena estás! ¡Cómo nos lo vamos a pasar!
Sonia intentó soltarse, pero era imposible. Notó sus grandes y torpes dedos acariciando su sexo y dejó de resistirse. Nada podía hacer para evitarlo. Comenzó a llorar con fuerza presa de la desesperación deseando que fuera rápido y no le hiciera demasiado daño. Una luz proveniente del otro lado los alumbró de repente.

-¿Qué está pasando ahí? –dijo la voz de un hombre.

Sonia la reconoció al instante. Era Jorge, el vigilante. Habían hablado en más de una ocasión. Él no paraba de decirle lo guapa que era, estaba más que interesado en ella, pero Sonia siempre rechazaba sus invitaciones con educación.
-Jorge, ayúdame, por favor –gritó con fuerza.

El grandullón no se movió dudando que hacer. Estaba muy excitado, tenía a esa preciosa chica medio desnuda y preparada para ser poseída, pero el vigilante se acercaba a él con paso decidido y parecía que llevaba en la mano una pistola.

-Apártese de esa chica y permanezca de rodillas o le dispararé sin dudarlo un instante –le amenazó Jorge muy decidido.

Sonia se tapó su cuerpo medio desnudo lo mejor que pudo nada más se apartó de ella ese hombre.

-Jorge, ten cuidado. Son dos.

-¿Estás bien, Sonia? Aléjate de él y ven junto a mí. Llamaremos a la policía.
Ella se cubrió los pechos con los brazos y caminó hasta él esperanzada. Estaba sucia y mojada, le dolía todo el cuerpo y había estado a punto de ser violada… Por suerte, él había aparecido justo a tiempo.

-Gracias, Jorge. Gracias. Me has salvado de… -no pudo continuar. El pequeño apareció tras el vigilante y le cortó el cuello con una navaja. Sonia pegó un grito angustioso mientras veía como se le iba la vida a Jorge en unos instantes. Aterrada comenzó a correr y aunque el pie le dolía muchísimo no le impidió hacerlo. El miedo era tan grande que lo podía todo. Esta vez no fue hacia la puerta sino de nuevo hacia su coche. Era su única posibilidad. Increíblemente seguía teniendo las llaves en el bolsillo del pantalón. No había roto la cremallera, algo de fortuna por fin. Los hombres comenzaron a perseguirla, pero tan solo el grandullón consiguió seguirla aunque a buena distancia. El pequeño arrastraba un pie con torpeza y apenas podía caminar con dificultad. Sonia sentía un dolor intenso en su pie, frío en todo su cuerpo, especialmente en sus pechos medio desnudos, pero el miedo le daba fuerzas. Llegó hasta el coche y lo abrió con rapidez. Le dio a la llave justo cuando el grandullón aparecía e intentaba abrirle la puerta.

-Arranca…arranca. Por favor… por favor –gritó Sonia angustiada al ver que el vehículo no le respondía. El grandullón rompió la ventanilla con el codo y la agarró por el cuello.
-Estoy harto de ti, zorra –le gritó muy enfadado.

Sonia siguió intentándolo mientras notaba como le faltaba el aire. Encendió por fin y pisó con fuerza el acelerador. El grandullón intentó agarrarse con fuerza a la puerta, pero nada pudo hacer para evitarlo. Sonia comenzó a respirar con dificultad mientras intentaba salir de allí. El pequeño apareció de repente ante ella con el arma del vigilante. Sonia pisó con fuerza el acelerador y lo embistió. El impacto fue tremendo y el hombre salió despedido a varios metros de distancia. El vehículo chocó contra un árbol y Sonia quedó aturdida. Sintió como la sangre caía de su cabeza y una sensación de mareo se apoderó de ella. Intentó arrancar de nuevo, pero el motor no respondió. Sonia salió del coche dolorida y desesperada. Veía al grandullón correr hacia ella. Estaba a poco más de 20 metros. Miró para todos lados sin saber qué hacer.

-Oh no…no –gritó desolada incapaz de moverse. El pánico ante la visión de ese hombre acercándose no la dejaba pensar. De repente distinguió en el suelo a apenas un par de metros de ella el arma de Jorge. No se lo pensó, corrió hacia ella y la agarró justo cuando su agresor estaba a punto de atraparla. Vació el cargador. Sonaron en medio de la noche los ruidos de los disparos. Sonia no paró de apretar el gatillo hasta que el arma dijo basta. Sentada en el suelo contempló el cadáver de su agresor y respiró aliviada. Lo había logrado, se dijo a si misma. Se levantó con dificultad, se tapó como pudo su desnudez y se dirigió hacia la salida. Cojeando, sucia, con la ropa rota, con los pechos al descubierto comenzó a caminar por la calle hasta que un coche de la policía la encontró. Tras relatarles brevemente lo sucedido la llevaron al hospital para que la vieran. Durante el trayecto no dejó de repetir unas palabras: ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué? ¿Por qué? Los policías la miraban por el retrovisor de vez en cuando con pesar.

-Ánimo, señorita. Todo ha terminado. Llore, desahóguese… le vendrá bien –le dijo uno de ellos.

Sonia ni lo oyó. Su mente estaba en otro lugar, lejos… muy lejos de allí. Siguió repitiendo esas palabras sin cesar hasta que por fin las lágrimas aparecieron y ya no dejó de llorar. Lo había logrado, sí, seguía viva, pero nada sería ya igual… nada.

Clemente Roibas

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