La puerta del infierno – La pesadilla

LA PESADILLA DE CONSTANCE ROBINSON

Constance Robinson se despertó empapada en sudor. Había tenido una atroz pesadilla. Lo que más le había preocupado es que era un sueño recurrente. Ya era la tercera vez que lo sufría. Aunque no lo había tenido durante varios días seguidos. La vez anterior había sido algo más de una semana.

Había soñado que en el centro del suelo de la catedral londinense de San Pablo se abría de repente un enorme agujero de forma redondeada, del que enseguida empezaron a salir monstruosos demonios. Era como una puerta al infierno. Los demonios siempre habían estado ahí, a miles de kilómetros bajo el subsuelo, y tan sólo esperaban una oportunidad para escapar de su encierro y aterrorizar y masacrar a los humanos.

Constance se levantó de la cama y miró la hora que era en su moderno smarphone. A continuación se pasó la mano por la frente para limpiarse el sudor frío.

En ese momento no quería ni podía volver a dormirse. Temía volver a soñar lo mismo, que el sueño continuara. Mientras encendía la luz de su dormitorio y se dirigía al cuarto de baño para lavarse la cara, pensaba que ese extraño y terrorífico sueño recurrente no podía ser una casualidad. Sin duda era un aviso. Ella no era una chica normal y corriente aunque pudiera parecerlo a simple vista. La esbelta y bella Constance tenía una gran capacidad de videncia. Un don divino que ella detestaba con toda su alma; pero contra el que no podía hacer nada. Era genético. Una bisabuela suya también lo había tenido; o sufrido, según se mire, y ese poder o capacidad se había saltado dos generaciones para recaer de nuevo en ella.

En su opinión ese poder de clarividencia y precognición sólo le traía quebraderos de cabeza. Sabía que ese sueño profético que había tenido se convertiría en realidad en pocos meses a no ser que ella hiciera algo para remediarlo, ¿pero qué debía de hacer? ¡Era tan difícil tomar una decisión!

Eran las cuatro y dieciocho minutos de la madrugada de un martes de mediados de abril de 2016, y no quería en modo alguno volver a la cama, aunque tenía que levantarse a las ocho de la mañana para ir a la universidad. Solía ir a la universidad de Londres por las mañanas, y algunas tardes y los fines de semana solía trabajar como canguro por horas. Con eso, y con la beca podía vivir de forma independiente y pagar el alquiler de un diminuto apartamento cercano al lugar en el que estudiaba magisterio.

Fue hasta la pequeña cocina, se preparó un café con leche y se encendió un cigarrillo. Había empezado a fumar hacía poco para aliviar su ansiedad, aunque no tenía muy claro si no era peor el remedio que la enfermedad. Conectó la radio que tenía sobre la bancada en la estrecha cocina y la puso a volumen muy bajo para no despertar a los vecinos. Las malas noticias sobre la sangrienta guerra que tenía lugar en Siria le quitaron las ganas de seguir escuchándola, pero no la apagó, sino que movió el dial para escuchar una emisora de música pop.

La joven Constance pareció relajarse un poco. Dio un pequeño sorbo a su taza de café recién hecho, y luego le dio una calada a su cigarrillo.

Las terribles imágenes de su reciente sueño le volviron a la memoria, inmisericordes. Volvió a visualizar dentro de su mente a docenas de monstruosos demonios saliendo de aquel tremendo boquete que se había hecho a pocos metros del altar de la iglesia. Sabía que si ese horrible agujero era una puerta al inframundo, al infierno, alguien, alguna persona la había abierto mediante algún antiguo conjuro.

Robinson sabía que aún existían antiguos grimorios que contenían entre sus amarillentas y ajadas páginas invocaciones a los demonios del abismo muy poderosas, ¿pero por qué alguien querría hacerlo? Se sentía incapaz de imaginar una razón que fuera mínimamente válida o verosímil para provocar algo así, ¿tal vez era alguien que buscaba algún tipo de alianza con las lúgubres fuerzas de la oscuridad? ¿Alguien que quería convertir el planeta en un dantesco infierno, plagado de maldad y de monstrusas criaturas? La Tierra ya era un lugar muy desapacible y terrible en algunas regiones en las que las guerras y hambrunas campaban a sus anchas, desde luego que no se necesitaba que la vida fuera aún mucho peor, aún más cruel y desprovista de sentido cuando fuera atacada por aquellas hordas bestiales y simiescas procedentes del tenebroso averno.

(Autor: Francisco R. Delgado)

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