“La vengadora de Halloween”

Soy una buena persona, lo soy, de verdad que lo soy, pero no soporto la gente maleducada ni incívica. Un día, cansada de pisar cacas de perros por la calle y de recoger la basura, que los vecinos tiraban en el patio de luces, decidí que tenía que hacer algo para ponerle remedio, porque si yo no lo hacía, nadie lo iba a hacer. Estaba cabreada y muy furiosa, pero sabía que tenía que actuar con sangre fría, para no ser descubierta. Quedaban pocos días para la noche de Hallowem y pensé que sería mi coartada perfecta, amparada en la lluvia de disfraces y bromas de esa noche, nada que pudiera hacer, resultaría sospechoso. Así que empecé a diseñar un disfraz adecuado para mis planes y cuando lo tuve listo, me vestí con él y me miré al espejo. Estaba perfecta con mi traje de brujita rosa, tan dulce, tan tierna, tan inocente, ¿quién iba a sospechar de mi?.
Esperé con impaciencia el momento, harta de contener mis impulsos y disimular ante los cerdos de los vecinos, pero estaba segura que merecería la pena. Preparé mis armas con cuidado, mientras esperaba que oscureciera y cuando la luna estaba en lo alto del firmamento, salí a la calle. No había dado mas de cuatro pasos, cuando aquel chico que siempre iba en bicicleta por la aceras, sin respetar a nadie, casi me lleva el sombrero. Como siempre, circulaba a gran velocidad, esperando que los viandantes fueran los que se apartaran a su paso.

Lo anoté mentalmente en mi agenda de esa noche y seguí mi camino. Llegué hasta el parque, donde me gustaba ir a leer relajadamente, mientras escuchaba el gorgoteo del agua en la fuente. Allí estaba el mismo hombre de todos los días, el que paseaba orgulloso a su dálmata y después dejaba un regalito caliente, para que cualquier niño o adulto lo pisara, ¡que ganas le tenía!. Me acerqué hasta él y con la escusa de preguntarle por su mascota, empecé una conversación. No debía tener planes para esa noche, porque me siguió el juego hasta donde yo quería, tanto, que al cabo de media hora de risas y coqueteos, había conseguido llevarlo hasta una rincón apartado. En seguida puso sus asquerosas manos sobre mi, intentando levantar mi falda, al tiempo que tocaba mis nalgas. Tuve que contener mis nauseas, pero lo dejé hacer, porque mientras estaba poseído por la pasión, se olvidó del perro que correteaba suelto alegremente y bajó sus defensas. No me costó nada sacar mi cuchillo y de un tajo, cortarle la garganta. Lo dejé tirado en el suelo, medio oculto por los setos y en la boca, uno de esos regalitos, que con tanto cariño él nos regalaba.
Me sentía un poco mejor, pero aún me quedaba mucho trabajo esa noche.
Llegué hasta la Plaza Mayor, donde la fiesta estaba en su máximo apogeo. Paseé entre zombis, vampiros y algún que otro esqueleto y al fin reconocí a mi vecino del sexto. Pensé que me había tocado la lotería, pues sabía que era el que más porquería tiraba al patio interior y también, él que un par de veces había quitado la nota que yo ponía en el ascensor, para que los vecinos dejaran de hacerlo. Me acerqué hasta él y le sonreí, no pareció reconocerme. Entonces le conté que estaba de vacaciones y le pregunté si podía recomendarme algún lugar de copas para seguir la noche. Me miró el escote y se ofreció gustoso a acompañarme él mismo. Le cogí del brazo coqueta y me dejé llevar.
Las horas pasaron lentamente, mientras esperaba que aquel estúpido estuviera lo bastante bebido, para seguir con mi cometido. Ya estaba cansada de sonreirle y fingir que me divertían sus ocurrencias, así que me aproximé a su oreja y fingiendo una ebriedad que no tenía, le dije que nos fuéramos a un rincón mas discreto. No se hizo de rogar. Nuestros toqueteos comenzaron en el callejón trasero de aquel pub, entre contenedores de basura y con un gato negro como testigo y fue en uno de esos contenedores donde lo arrojé, después de acabar con él. Fue muy trabajoso, pero había demostrado que le gustaba la inmundicia y no había otro lugar mejor para él.
Después de acomodarme las ropas, salí de mi escondite y miré el reloj. Aún quedaba mucho trabajo por hacer, pero era tarde y estaba agotada y sabía que si me fallaban las fuerzas en una de mis misiones, la que acabaría mal sería yo. Decidí regresar a casa. Apenas quedaban dos manzanas para llegar, cuando la suerte me sonrió. Unos pasos por delante de mi, reconocí al ciclista de las prisas, el cual había pinchado una rueda y marchaba caminando, arrastrando su bicicleta.

Aligeré el paso y me puse a su altura. Le saludé tímidamente y le pregunté si podía caminar a su lado, pues a esas horas tan tardías me daba miedo caminar sola. Me observó de arriba a abajo y contestó un -¡por supuesto!, mi plan estaba funcionado. Caminé lentamente fingiendo una torcedura, mientras pensaba donde podría llevarlo. Pasamos por delante del parque donde comencé mi noche y la idea de entrar en él me sedujo, pero ¿iba a ser capaz?, ¿no sería demasiado arriesgado?, el tiempo se acababa, pues pronto se haría de día y los primeros trabajadores se mezclarían con los trasnochadores, haciendo que fuera imposible ser discreta. Respiré profundamente y llenándome de valentía, le pedí que nos sentáramos un momento en el parque, pues notaba que mi pie se comenzaba a hinchar. He de reconocer que fue amable y no puso ningún impedimento, tampoco pareció sorprenderse de que yo escogiera el rincón mas oscuro. Mientras tocaba mi tobillo para ver su estado, comprobé que todo estaba tranquilo en los jardines, tan solo aquel perro tonto de manchas, caminaba a un lado y otro sin importarle demasiado la muerte de su amo.
No se si fue el cansancio o que el chico de la bici me estaba empezando a caer bien, pero a punto estuve de fallar mi golpe. No encontraba el momento de sacar el cuchillo, pero tampoco podía eternizar aquel descanso, así que al final opté por sacar el arma de mi liguero, fingiendo que era un juguete. Se notaba demasiado que no. Él se levantó de un saltó, con cara de no comprender nada y me preguntó si estaba loca. No podía hacer otra cosa, así que me abalancé sobre él y empezamos a forcejear. Estuvo a punto de quitarme el cuchillo, pero finalmente le pegué un rodillazo en los genitales y aprovechando su debilidad, le clavé tres puñaladas en la espalda. Sus gritos resonaron en la noche, antes de morir. Lo dejé tirado junto a su bicicleta, y huí a la carrera.

 

Estaba nerviosa y aterrada, creyendo seguro que alguien me iba a descubrir. Aquel no había sido un buen trabajo. Cuando llegué a casa aún me temblaban las manos, tenía el estómago revuelto y el cuchillo y la ropa manchados de sangre. Limpié el arma con lejía y lo guardé en la tacoma, junto con el resto de cuchillos traídos de Albacete, después encendí la chimenea y arrojé el disfraz y la peluca y por último, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mi cabeza durante largo rato. Poco a poco me fui serenando, recuperando la consciencia de lo que había hecho esa noche y finalmente, conseguí sentime bien. Si, había hecho lo correcto, esa era una lección que nunca olvidarían.

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