NUNCA MÁS

NUNCA MÁS

Mercedes intentaba dormir cuando lo oyó llegar. Eran las doce de la noche y con total seguridad vendría borracho, como era ya costumbre. Se levantó resignada dispuesta a hacerle algo de cenar. No quería que se pusiera a gritar como siempre y despertara a Juan, su pequeño. Un olor desagradable a alcohol y a vomitera lo impregnó todo. Mercedes tuvo ganas de llorar, eso no era vida. No lo hizo por miedo a enfadarlo. Últimamente le levantaba la mano con demasiada facilidad y la semana pasada le había hinchado un ojo. Lo saludó con la cabeza sin mirarlo siquiera y se dispuso a hacer la cena.

-¿Qué ocurre mujer? Acaso no merezco un beso de buenas noches al llegar.
Mercedes asintió con la cabeza y le dio un beso fugaz en la mejilla. Luego volvió a coger la sartén dispuesta a prepararle unas patatas y un filete. Él la agarró con fuerza por el trasero y comenzó a besarla por el cuello. Venía con ganas de sexo. Mercedes palideció ante esa posibilidad. Ya no lo quería y cada vez le costaba más aceptar tener sexo con él, pero si estaba borracho la sola idea le repugnaba. Olía a alcohol barato, vomitona y tabaco y el sudor le impregnaba el cuerpo. Lo apartó con delicadeza, no quería ofenderlo, y le dijo que después, más tarde. Pero él no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta. La agarró con fuerza por la cintura y la atrajo contra su cuerpo. Mercedes notó sus manos callosas sobre sus pechos, sobre su trasero, sobre su sexo.

-Ahora no, por favor. Después… primero cena.

-Eres mi mujer, estoy en mi derecho –le dijo él enfadado mientras comenzaba a quitarle la bata con torpeza.

-No… no. Por favor –le suplicó ella.

Una fuerte bofetada la lanzó contra la pared y Mercedes cayó al suelo aturdida.
-No te atrevas a rechazarme –le dijo él amenazante- No te atrevas.
Mercedes aturdida aún por el impacto no dijo nada. Él la levantó con facilidad y la tiró sobre la mesa de la cocina.

-Aquí mismo –le dijo mientras la despojaba de la ropa.
-No…no…no. Por favor, aquí no –le rogó ella entre lágrimas- Puede vernos el niño.
-Mejor –gritó él mientras reía- Así aprende como se hace. Además ya tiene 12 años. Seguro que ya tiene alguna novia.

-No… aquí no –le gritó ella mientras lo empujaba con todas sus fuerzas.
Dos bofetadas en el rostro que provocaron que sus labios se hincharan y comenzaran a sangrar le advirtieron que no aceptaría una negativa.

-Cállate, mujer. Cállate –le advirtió él mientras se disponía a poseerla encima de la mesa.
Mercedes a pesar de los golpes y del miedo que le tenía no estaba dispuesta a ponérselo fácil. Su hijo dormía a pocos metros de allí… si se despertaba lo que vería sería tal vez traumático. Le clavó las uñas en el rostro con toda la fuerza que pudo. Él lanzó un grito de dolor y comenzó a golpearla con ira. Uno otro y otro los puñetazos fueron cayendo en el rostro y en el cuerpo de Mercedes mientras ella intentaba protegerse con los brazos.
-Si vuelves a hacerlo te mato –le advirtió él mientras la golpeaba sin cesar- Te mato.
Mercedes sintió tanto dolor que dejó de resistirse y asintió con la cabeza. Él comenzó a poseerla con violencia, estaba enfadado y sorprendido por su reacción. Ella nunca se había atrevido a defenderse. Le mordió con fuerza un pecho provocando que ella gritara de dolor. Eso le excitó y volvió a repetir la misma acción en el otro pecho. Mercedes tenía ganas de morirse. Su aliento fétido lo invadía todo y el dolor era insoportable. Comenzó a llorar presa de los nervios, la angustia y la desesperación. Él rió al verla. Eso es lo que quería, sumisión, obediencia. Sí, ya estaba cerca del clímax. De repente sintió un dolor intenso en la espalda. Un dolor agudo y profundo que le inmovilizó por unos instantes la zona. Se giró sorprendido y su hijo estaba allí, con un cuchillo de cocina en la mano mirándolo con un odio intenso.

-Deja a mamá… déjala o te lo volveré a clavar –le dijo amenazante.
-Juan… no. ¡Por Dios, no! –Mercedes se asustó mucho. Temía la reacción de su marido.
Carlos, así se llamaba el mal nacido, no reaccionó durante unos instantes. La sorpresa era tan grande que apenas notaba el dolor que la herida le había provocado. Allí estaba el pequeño, su hijo, mirándolo desafiante. Su mano temblaba, pero agarraba con fuerza el cuchillo y sin duda estaba dispuesto a utilizarlo de nuevo si no hacía lo que le pedía. Carlos se quitó de encima de su mujer y se tapó torpemente su sexo. Lo miró fijamente y lo amenazó con un dedo. Dudó si pegarle o curar la herida. La espalda le dolía mucho. Decidió lo segundo, tiempo habría para ajustar cuentas.

-Ya hablaremos –le dijo en tono amenazante.

El niño no dijo nada. Tan solo mantenía el cuchillo firme en su dirección. Si tenía que volver a utilizarlo lo haría. Mercedes al ver que su marido salía de la cocina se tapó avergonzada su cuerpo medio desnudo y le pidió que dejara el cuchillo en el vertedero. El niño hizo lo que le pedía y corrió a abrazarla. Mercedes y Juan se fundieron en un abrazo largo mientras ambos lloraban.

-Mamá, te estaba haciendo daño. No podía permitirlo… no podía –dijo Juan entre sollozos.
Mercedes comenzó a besarlo por toda la cara. Se sentía tremendamente orgullosa de su pequeño. No aprobaba lo que había hecho, lógicamente, pero gracias a ello había impedido que ese mal nacido siguiera abusando de ella. Decidió que nunca más, que ya había sido más que suficiente. Se marcharía de esa casa para siempre.

-Mamá… ¿estás bien? Gritabas mucho –le dijo Juan muy preocupado.
-Ahora sí, cariño. Ahora sí –le contestó ella mientras volvía a abrazarlo con fuerza.
Esa noche su marido no volvió a casa. Mercedes preparó la maleta con rapidez dispuesta a dejar toda esa vida atrás, pero en el último momento decidió que no podía hacerlo. No tenía trabajo ni dinero. Tampoco tenía ningún familiar al que pedir ayuda o cobijo. Juan y ella estaban solos. No tenían a nadie… solo el uno al otro. Lloró por su mala suerte, por su cobardía, por su falta de determinación. Sentada en el suelo del cuarto de baño, cerrado por dentro para que su hijo no pudiera entrar y con el grifo abierto para que el ruido tapara sus sollozos y sus lamentos dejó que todo el dolor que llevaba dentro saliera. Las lágrimas se sucedían mientras un sentimiento de impotencia ocupaba todo su ser.
-No es justo… no es justo. ¿Qué hago? ¿Qué hago? –se dijo a si misma desesperada por la situación- No tengo a donde ir, no tengo a donde llevar a mi pequeño… Soy una inútil… una inútil.

Un ruido en la puerta le hizo comprender que alguien estaba detrás.
-¿Mamá, estás bien? No llores. Él no volverá a pegarte. Y si lo hace…

-No –le gritó Mercedes mientras abría la puerta. Lo abrazó con fuerza y lo miró fijamente a los ojos- Entiendo por qué has hecho eso y te lo agradezco, pero no puede volver a pasar. Eso está mal, cariño, mal. Eres un niño bueno y cariñoso, no quiero que vuelvas a coger un cuchillo salvo para comer… Prométemelo… prométemelo, Juan.
El niño la miró muy sorprendido. No entendía nada.

-Pero mamá… entonces él volverá a hacerte daño y yo no quiero que lo haga. Es malo, muy malo.

Mercedes volvió a abrazarlo mientras las lágrimas volvían a surgir en sus ojos. Su niño ya no le llamaba papá, ni Carlos… le llamaba él. Tenía que hacer algo. El niño tenía razón. Volvería a hacerlo, eso seguro, y lo que era peor las pagaría también con el pequeño. Su marido no era de los que perdonaban. Tenía que hacer algo… podía llamar a la policía y denunciarlo. Su rostro era la prueba más evidente de lo que había ocurrido unas horas antes, pero no había testigos y dudaba que la declaración del niño fuera admitida como prueba. La desesperación más absoluta se apoderó de ella. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? De repente una idea surgió en su mente… sí, era arriesgado y había bastantes posibilidades de que saliera mal… pero por qué no, pensó. ¿Qué tenía que perder? Su vida ahora mismo no era más que desdicha, tormento, angustia, desesperación… Su niño merecía algo mejor, no, algo mucho mejor. Merecía crecer en un ambiente de felicidad, de tranquilidad, de amor… Sí, lo haré, se dijo a sí misma, aunque me juegue la vida en ello. Carlos no vino esa noche ni la siguiente Mercedes comenzó a pensar que tal vez se hubiera ido, que no volvería, que podrían vivir una vida sin él… pero no. A la tercera noche regresó a la casa. Borracho y con ganas de jaleo. Ella fue verlo entrar e imaginarse lo que iba a ocurrir a continuación.

-Juan, no salgas de la habitación. Ciérrate con llave.

Carlos comenzó a reír. Le gustaba sentir su miedo.

-Eso solo le valdrá de momento. Primero me ocuparé de ti y luego le tocará a ese desagradecido.

Mercedes corrió hacia su habitación dispuesta a cerrarse con llave, pero Carlos corrió tras ella y se lo impidió. La primera bofetada la arrojó contra la pared. La segunda la dejó aturdida encima de la cama. Él comenzó a besarla por la cara mientras la manoseaba torpemente.

-Tengo que reconocer que sigues estando muy buena –le dijo sonriendo- Sí, tu material sigue siendo de primera.

-No… para… por favor, por favor. Me haces daño.

Él rió al escuchar sus súplicas. Eso era lo que quería.

-Sí, llora. Quiero oírte gritar, lamentarte, pedirme que pare. Venga, hazlo y no seré demasiado bruto.

Mercedes sintió sus asquerosas manos por su cuerpo ya desnudo y tuvo arcadas. Él la miró muy serio y le advirtió que no lo hiciera o se enfadaría de verdad.
-Mamá… mamá –gritó el niño desde su cuarto- Mamá…

-No salgas, Juan. No lo hagas –le gritó ella- Me oyes… no salgas.
-Cállate, mujer –Carlos la golpeó con el dorso de la mano provocándole las primeras gotas de sangre en los labios- Cállate de una vez. Así no disfruto. Quiero que te concentres en mí. Olvídate de él, más tarde me ocuparé de ese mierdecilla.

Mercedes sintió tanto odio que se revolvió con violencia y le pegó un rodillazo en sus partes. Carlos cayó a un lado de la cama dolorido y sorprendido y ella aprovechó el momento para salir de la habitación.

-Zorra, no tienes a donde ir. Vuelve, vuelve –le gritó al oír cerrar la puerta de la calle. Intentó correr tras ella, pero el dolor era intenso. Desistió en su intento y decidió ocuparse del niño. Le había clavado un cuchillo, a él, a su padre. Eso estaba mal, muy mal. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada por dentro. Comenzó a golpearla con el hombro, pero no consiguió su objetivo. La puerta era de buena madera.

-Maldita sea –gritó presa de una ira difícil de controlar- Abre la puerta maldito crío o cuando lo haga yo no tendré piedad de ti. Te lo advierto.

El niño estaba sentado en el suelo al lado de la cama. Temblaba muy a su pesar y las lágrimas corrían por sus mejillas.

-No… vete… ya no te quiero. Eres malo, muy malo.
-Abre la puerta o la tiraré abajo y cuando lo haga te arrastraré por toda la casa.
El niño no sabía qué hacer. El pánico no le dejaba pensar con claridad.
-Mamá… mamá… mamá –gritó llorando a lágrima viva.

-¿Mamá? Tu madre ha huido. Te ha dejado solo. Te ha… -Carlos no pudo seguir. Algo le golpeó con fuerza en la cabeza y cayó al suelo inconsciente. El ruido se repitió dos veces más y luego la voz de Mercedes se escuchó con claridad.

-Cariño… ya puedes abrir. No te preocupes… no te hará nada –le dijo mientras dejaba en el suelo la sartén de hierro que había utilizado para dejarlo inconsciente.
El niño abrió con temor y se asustó mucho cuando vio el cuerpo de su padre tirado en el suelo y su cabeza con abundante sangre.

-Mamá… mamá –gritó mientras corría a abrazarse a ella. Ambos se fundieron en un abrazo durante unos instantes dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Luego Mercedes llamó a la policía y les explicó lo ocurrido. Una hora más tarde los tres estaban en el hospital, pero en distintos lugares. Mercedes estaba siendo atendida mientras el pequeño aguardaba en la sala de espera con una mujer policía. Carlos permanecía en otra habitación en observación. Un policía custodiaba la puerta. El médico decía que solo tenía unos fuertes golpeas en la cabeza y que se pondría bien. Mercedes hubiera deseado haberle pegado más fuerte, quizás matarlo para que nunca volviera a hacerles daño, pero no era una asesina. Además temía por su pequeño. ¿Qué vida tendría sin familia? Tal vez un orfanato u otra familia de acogida… No, Juan se merecía tener una infancia feliz o al menos lo que le quedaba de ella.

-Señorita, siento decirle esto, pero sin pruebas este hombre estará en la calle en cuanto se restablezca de sus heridas –le dijo un policía- Ya sé que su cuerpo lleno de golpes explica lo que ha ocurrido, pero el hecho de que él también los tenga no ayuda.
Mercedes asintió con la cabeza. Lo imaginaba.
-Tal vez esto le ayude –le dijo poniéndole su móvil en la mano del policía.
-No entiendo –respondió él muy sorprendido.
Mercedes sonrió por primera vez en mucho tiempo. Al hacerlo un dolor intenso se apoderó de todo su rostro.

-Ponga el video. Creo que será más que suficiente.
El policía lo puso y el semblante de su rostro reflejó lo que estaba viendo. Cuando terminó la miró con admiración y asintió con la cabeza.
-Siento mucho todo lo que ha padecido. No puedo ni hacerme una idea del tormento por el que han pasado usted y su pequeño, pero le puedo asegurar que con esta prueba ese hombre nunca volverá a molestarlos. Se lo prometo. Ha sido usted muy valiente y también muy lista. Haber grabado los abusos ha sido una gran jugada por su parte aunque muy arriesgada…
Mercedes asintió. Estuvo a punto de sonreír, pero no lo hizo. El dolor era demasiado intenso.

-Gracias. Eso espero. Ahora si me traen a mi pequeño se lo agradecería.
-Será un placer –el policía le sonrió antes de irse y Juan apareció al cabo de unos segundos. Corrió hacia sus brazos y se abrazaron largo rato. Esta vez las lágrimas no fueron de dolor, ni de pena, ni de temor… no, fueron de alegría, de esperanza, de ganas de vivir. Tardarían en olvidar esa pesadilla, pero lo conseguirían. Una nueva vida los estaba esperando. Una vida llena de felicidad. Sin más gritos, sin más amenazas, sin más violencia. Mercedes se atrevió a sonreír aún sabiendo que le dolería… Sí, lo había logrado… lo había hecho.

Clemente Roibás

 

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